Acerca de un feliz almuerzo godin…

Yo crecí en el sur de la Ciudad de México, en uno de esos submundos de la megalópolis que parece un pueblo de otros tiempos, con pequeñas farmacias, papelerías y tienditas en cada esquina. Por eso, al empezar a trabajar en la zona de Lomas de Chapultepec, me sentí un poco perdida entre sus enormes calles boscosas, vacías de gente y en las que los coches, que siempre tienen prisa, hacen como si los pocos peatones que caminamos por ahí no existiéramos.

No hay más que casas y embajadas en Las Lomas, todas con altísimas bardas guardando los secretos de sus habitantes misteriosos. Uno se siente como en otro mundo—o por lo menos otro país— entre mansiones y jardines del tamaño de los parques de otras colonias de la ciudad, y rodeado milagrosamente de árboles que destruyen con sus poderosas raíces el concreto de todas las calles. Es, definitivamente, uno de los mejores lugares para pasear en silencio por la ciudad, en los caminos de tierra de sus camellones decorados con bancas blancas en las que nadie se sienta a leer un rato, escuchando la calma que lo rodea todo. ¿No deberíamos todos de aprovecharlas y disfrutar más de esta hermosa zona de la ciudad? 

Esta paz se acaba en las ruidosas calles a las que uno puede ir a comer, llenas de restaurancitos y el bullicio y los aromas que acompañan a toda zona gastronómica mexicana. Hay dos calles especialmente divertidas para explorar delicias culinarias en la zona con precios todavía razonables: la calle de Pedregal y Prado Norte. Son refugios de los llamados “Godínez” de esta zona, lugares en los que pasamos la hora libre del almuerzo, nuestra pausa alegre a la monotonía de las oficinas.

De las muchas cosas que pueden recomendarse en ambas calles, hoy los invito a probar Las Delicias, en Prado Norte 403. Llama la atención porque pasa totalmente desapercibido entre los lugares hípsters o más avant garde de la zona. Es una típica tortería, con excepción de los precios —esto son las Lomas, a fin de cuentas—, un poco más altos que las de los puestos afuera del metro, pero probablemente también con un más alto estándar de calidad de productos e higiene. No tiene manteles ni lujos, apenas unas mesitas junto a su hielera de aguas frescas. Se paga en una caja improvisada sobre la hielera y luego se debe hacer fila frente a la vitrina de los torteros que preguntan: ¿con todo? Sí, “con todo” es la respuesta correcta en mi caso: con aguacate, jitomate, cebolla, queso (a la plancha, doradito y derretido al mismo tiempo), y por supuesto, mucha salsa. Para los pickies, o en palabras de mi abuelita, mañosos, es el momento de comunicar todo lo que no quieren en su torta. Luego se debe vivir la tortura de ver, mientras gruñe la tripa de hambre, como baila en la parrilla el contenido de la torta haciendo ese ruidito humeante que indica el resultado final: será delicioso. La última que probé ahí era de pastor, y fue un verdadero manjar.

Las aguas frescas también son un mustSiempre me ha llamado la atención, viajando por otros países, la dificultad de traducir el concepto de “agua fresca mexicana”. En todos lados encuentra uno refrescos o sodas, té helado y jugos, pero no esta particular combinación de agua con frutas, a menos que se trate de naranjadas y limonadas. La rica variedad de frutas en nuestro país nos ha permitido experimentar con mucho más, y así estamos acostumbrados a pedir agua de piña, jamaica, mandarina, guayaba, guanábana y un largo etcétera. Anímense a probar la de horchata, piña colada o maracuyá con naranja. ¡Prohibidas el agua simple y la coca!

Eso sí, terminarse las porciones que se sirven ahí, es el verdadero reto para el foodie. ¡Buen provecho!